Acaso se trate de una ácida metáfora sobre una clase media cayéndose a pedazos, que afronta deudas impagables, como el país. Que desconfía de las instituciones, con seres que intentan recursos desesperados, y que apenas si pueden volver a continuar con sus vidas pequeñas en un mundo absurdo. Una historia donde los hombres detonan los conflictos y las mujeres, finalmente, deciden, accionan y resuelven. La vida de Celina Merides (Noemí Frenkel) en la Capital ya no daba para mas. Se había ido hace mucho de su pequeño pueblito entrerriano, Basavilbaso, a probar fortuna, pero, ya cansada, regresa a su hogar, a su familia, después de años. La vida de Mauricio Matzkin (José Glusman) transcurría monótona y rutinaria al frente del negocio que sus padres habían levantado de la nada en el pueblo. Y sus días transcurían del trabajo a su casa donde vive con su madre Berta (Helena Tritec), cuidarla, y vuelta al trabajo. Hugo Merides (Pompeyo Audivert), hermano de Celina, vive en las afueras del pueblo, en una casa venida muy a menos junto a su padre don Remo Merides (David Szneck), su madre Matilde (Márgara Alonso), enferma de alzeimer y, hoy, su hermana Celina. Hace unos años Hugo trabajaba para los Matzkin hasta que, por sus deudas de juego, robó y lo echaron. Para que no lo denuncien y vaya preso, su pobre padre puso la casa como garantía, y prometió pagar cuotas, pero nunca pudieron devolver un solo peso. La mañana en que Mauricio, preocupado por lo afligida que está su madre por la situación económica, salió de su casa para ir a cobrar la deuda, jamás imaginó lo que le tocaría vivir. Ninguno contaba con lo que iba a hacer el otro. Una historia tensa, de seres pequeños, donde no se puede distinguir claramente a los buenos de los malos, donde, de alguna manera, todos se roban entre todos. Y como bien dice el refrán, ladrón que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón.